El murmullo en el Centro de Eventos San Carlos de Apoquindo tenía la vibración de una gran cita partidaria. La quinta edición regional del Foro Madrid reunió en Santiago a dos presidentes y principales exponentes de la nueva derecha latinoamericana: Javier Milei y José Antonio Kast.
El encuentro, impulsado por la Fundación Disenso, permitió medir la temperatura de la denominada “batalla cultural”, pero también observar cómo dos liderazgos con estilos distintos buscan ocupar espacios complementarios dentro de un mismo mapa político.
Milei llegó con el volumen alto, las frases destinadas a convertirse en titulares y una retórica diseñada para tensionar el debate. Kast, en cambio, se movió en un registro más contenido. Ya no hablaba como candidato ni como líder opositor, sino como presidente de la República.
La diferencia fue evidente: mientras el argentino habló desde la trinchera ideológica, el chileno lo hizo desde el poder institucional.
Milei volvió a desplegar su conocido repertorio de confrontación con el progresismo, reivindicando una ofensiva doctrinaria global y elevando el tono frente a sus adversarios. Su intervención terminó convirtiéndolo en el principal generador de titulares del foro.
Kast, en cambio, debió administrar las consecuencias políticas de ese discurso en territorio chileno. Su intervención de cierre giró en torno a seguridad pública, gobernabilidad, certeza jurídica y disciplina fiscal. No renunció a las banderas que lo llevaron a La Moneda, pero evitó convertir el escenario en una extensión de la campaña electoral.
El contraste fue destacado por Marco Moreno, decano de Economía, Gobierno y Comunicaciones de la Universidad Central, quien sostuvo que Kast enfrentó una suerte de examen respecto de su transformación desde candidato a jefe de Estado.
“Kast había dicho ‘júzguenme por lo que ocurra en ese acto’”, recordó Moreno, para luego concluir que “pasó la prueba de presidencialización”.
A su juicio, el mandatario “no renunció a su identidad ni a su agenda de orden”, pero tampoco reprodujo la lógica de confrontación cultural que dominó parte de la jornada.
“Los chilenos no lo eligieron para derrotar a la izquierda, sino para resolver problemas”, resumió el académico. Por eso, planteó que “Kast no se distancia del programa de orden, se distancia de la estética de guerra cultural”.
Bajo esa mirada, la pregunta sobre si Kast fue “opacado” por Milei pierde fuerza. Lo ocurrido puede leerse como una división de funciones.
Milei fue el martillo: golpeó sobre los consensos progresistas, tensionó el debate y movilizó al núcleo más ideologizado de la audiencia. Kast operó como el yunque: recibió esa energía, pero la encauzó hacia un lenguaje de administración, seguridad y gobierno.
El argentino necesita mantener la tensión para conservar su identidad política. El chileno enfrenta ahora el desafío de demostrar que esa identidad puede transformarse en resultados concretos desde el Estado.
Moreno lo sintetizó así: “si su promesa ahora es hechos y no palabras, reduce la retórica, pero aumenta la vara y sus deudas respecto de cómo generar esos resultados”.
La menor estridencia puede favorecer a Kast entre quienes esperan un presidente capaz de gobernar más que de polemizar, pero también eleva las exigencias sobre su gestión.
La participación de Kast abrió otro flanco: la pertinencia de que un presidente en ejercicio participe en una instancia de estas características.
Roberto Mardones, director de la Escuela de Gobierno y Administración Pública de la Universidad Mayor, pone el acento en la naturaleza del encuentro. “No es un encuentro de personeros de Estado que vienen a reunirse con el presidente, sino que es un foro”, advierte. A su juicio, se trata esencialmente de “un encuentro político”.
La distinción es relevante. Milei asistió como mandatario extranjero invitado, mientras Kast lo hizo como anfitrión y, al mismo tiempo, como integrante de un espacio político internacional con una identidad ideológica definida.
Mardones advierte que el problema aparece cuando ese posicionamiento se enfrenta con las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos. “La ciudadanía común y corriente, que está interesada en sus problemas y el cotidiano vivir, lo que quiere es un gobierno que resuelva sus problemas”, plantea.
Así, el foro puede tener valor para la construcción internacional de la nueva derecha, pero no necesariamente para la evaluación cotidiana que los ciudadanos hacen del Gobierno.
Ahí emerge una de las principales diferencias entre ambos presidentes.
Para Milei, la batalla cultural es parte central de su identidad. Su discurso necesita adversarios definidos, fronteras ideológicas y un relato internacional que conecte las disputas nacionales con una confrontación más amplia.
Kast tiene una dificultad adicional: demostrar que su proyecto de orden puede funcionar desde La Moneda. El escenario internacional puede reforzar su posición dentro de la derecha, pero no sustituye la necesidad de resultados en seguridad, economía y gestión pública.
Mardones advierte precisamente esa tensión. “Por mucho que el foro se declare que lucha respecto a la seguridad, eso es algo en lo que este gobierno está en deuda”, sostiene.
Para el sector más duro de la derecha, el encuentro representa una señal de pertenencia a una corriente internacional en expansión. Para el votante menos politizado, su utilidad puede ser mucho menos evidente.
El Foro Madrid dejó una fotografía más compleja que la de un simple encuentro de aliados.
Milei representó la velocidad alta de la nueva derecha: confrontación, identidad, discurso ideológico y capacidad para dominar la conversación pública. Kast mostró la otra velocidad: la del presidente que debe transformar un programa político en decisiones, leyes, presupuestos y resultados.
Uno necesita que la conversación no se apague. El otro necesita demostrar que puede gobernar cuando el ruido termina.
Por ahora, Santiago dejó una escena elocuente. Milei encendió la hoguera y volvió a ocupar el centro de la conversación. Kast no intentó apagarla, pero tampoco se arrojó a ella. Se ubicó a una distancia suficiente para conservar el vínculo con ese mundo político y, al mismo tiempo, marcar la diferencia entre el dirigente que disputa ideas y el presidente que debe hacerse cargo de sus consecuencias.
En esa distancia estuvo probablemente la principal jugada de la jornada: Kast no necesitó competir con Milei por volumen. Su apuesta fue demostrar que, para la nueva derecha chilena, llegar al poder obliga a cambiar el ritmo sin necesariamente cambiar el rumbo.