Un paciente tuvo que cruzar el mundo para curar su cáncer porque EEUU y China se niegan a colaborar

Cuando el cáncer de Sid Sijbrandij, cofundador de la empresa tecnológica GitLab, reapareció y las opciones de tratamiento se agotaron en su país, tuvo que hacer algo poco común: armar un plan de tratamiento hecho a la medida de su propio tumor y salir a buscarlo por el mundo. En agosto de 2025 viajó hasta el Hospital de Cáncer de Beijing para acceder a un examen experimental que en ese momento no podía conseguir en ningún otro lugar. El resto de su tratamiento lo obtuvo entre Estados Unidos y Alemania. 

Hoy, más de un año después, se mantiene en remisión, es decir, sin signos activos de la enfermedad.

Ese periplo es el punto de partida de una columna de opinión publicada en The Washington Post por Lizzi Lee, investigadora del Centro de Análisis de China del Asia Society Policy Institute, y Jennifer Kwan, médica e investigadora de la Escuela de Medicina de Yale. Ambas autoras sostienen que Estados Unidos y China deberían colaborar en investigación oncológica, incluso en medio de la desconfianza estratégica que marca la relación entre ambas potencias.

Según explican en su columna, publicada de cara a la reunión entre el presidente Donald Trump y su par chino Xi Jinping en Washington, el tema del cáncer debería sumarse a la agenda de ambos gobiernos, junto al comercio, la inteligencia artificial y la seguridad nacional.

Las autoras citan un análisis de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre 89.069 ensayos clínicos oncológicos realizados entre 1999 y 2022. Según esos datos, China concentró el 21% de los estudios oncológicos activos en reclutamiento de pacientes, frente a un 16% de Estados Unidos. Sin embargo, solo el 18% de esos ensayos incluía a más de un país.

Para Lee y Kwan, esto significa que dos de los ecosistemas de investigación de cáncer más grandes del mundo están generando enormes cantidades de evidencia científica, pero con muy poco cruce entre sí. Ese aislamiento, plantean, es especialmente costoso en la llamada oncología de precisión, un enfoque en el que los médicos diseñan tratamientos según los patrones únicos del ADN del tumor de cada paciente.

Las autoras argumentan que, mientras más se afina esa precisión, más pequeños se vuelven los subgrupos de pacientes que comparten una misma mutación genética, y esos pacientes suelen estar dispersos en distintos países. Si cada caso se investiga de forma aislada, sostienen, los médicos deben partir de cero con cada paciente nuevo. En cambio, con redes de investigación multinacionales que compartan protocolos comunes, la evidencia obtenida de un paciente podría ayudar a tratar al siguiente.

Un segundo argumento de la columna tiene que ver con la falta de representación de poblaciones asiáticas en los estudios. Las autoras mencionan un estudio de 2025 sobre pacientes tratados con antraciclina —un tipo de medicamento de quimioterapia usado contra distintos cánceres— que encontró mayor riesgo de daño cardíaco en pacientes asiáticos. El problema es que ese grupo representaba solo el 3% de la muestra estudiada, una cifra demasiado baja para sacar conclusiones estadísticamente sólidas.

A eso suman un dato de un análisis de 2025 publicado por la revista Nature: las personas de ascendencia del este asiático representan casi una cuarta parte de la población mundial, pero son apenas el 3,95% de los participantes en estudios genómicos previos sobre asociación entre genes y enfermedades. Según Lee y Kwan, esa brecha hace que la medicina de precisión sea, paradójicamente, menos precisa para millones de personas, incluyendo a la comunidad asiático-estadounidense.

Las autoras son enfáticas en un punto: la información genómica es un dato extremadamente sensible, y está bien que el Departamento de Justicia de Estados Unidos restrinja ciertas transacciones que podrían dar a "países de interés" acceso masivo a la información genética y de salud de estadounidenses. Pero plantean que la solución no es cortar toda colaboración, sino separar dos cosas: los registros de pacientes, que deberían quedarse siempre en su país de origen, y los hallazgos científicos agregados, que sí podrían cruzar fronteras.

"El intercambio científico se centraría en la replicación, no en el acceso", plantean las autoras, proponiendo que investigadores de ambos países trabajen sobre preguntas científicas y métodos de análisis comunes, sin mover las bases de datos genómicas en sí.

Como punto de partida concreto, mencionan que la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, su sigla en inglés, la agencia que regula fármacos en ese país) ya cuenta con mecanismos para aceptar estudios extranjeros que cumplan ciertos estándares de buenas prácticas clínicas, revisión ética, consentimiento informado e integridad de los datos. Investigadores de ambos países podrían usar ese marco para diseñar estudios cuya evidencia sea evaluable en distintas poblaciones.

En el caso de los cánceres poco frecuentes, dicen, esa cooperación podría ser la diferencia entre un estudio que fracasa por falta de pacientes suficientes y uno que logra reunir la evidencia necesaria para dar una respuesta.

Un dato aparte: según cifras de la consultora IQVIA que citan las autoras, el 40% de los candidatos a nuevos medicamentos que las grandes farmacéuticas licenciaron de socios externos en 2025 se originaron en China, y solo en la primera mitad de 2026 el valor de esas transacciones de licencias de terapias chinas alcanzó los 92.000 millones de dólares. Un ejemplo concreto que mencionan es la colaboración entre Pfizer y la biofarmacéutica china Innovent, que abarca 12 programas de investigación oncológica.

Para Lee y Kwan, esa dinámica comercial demuestra que la industria farmacéutica ya reconoce el valor de la ciencia china, pero insisten en que el vínculo entre ambos países debería ir más allá de los acuerdos entre empresas. Reconocen que hay tecnologías con aplicaciones militares o de vigilancia que sí ameritan protección estricta, y que Washington tiene razones legítimas para preocuparse por su dependencia de cadenas de suministro. Pero, según su columna, la investigación de cáncer —bajo un modelo donde los datos se quedan en casa y son los métodos los que viajan— podría ayudar a definir mejor esos límites.

Las autoras cierran su argumento recordando que si bien Sijbrandij tenía los recursos para cruzar el mundo en busca de la tecnología que podía tratar su cáncer, la inmensa mayoría de los pacientes no puede costear ese proceso. "Estados Unidos no necesita entregarle al gobierno chino su base de datos genómica. Los reguladores estadounidenses no necesitan bajar sus estándares", escriben, insistiendo en que ambos países pueden avanzar en investigación oncológica incluso en medio de una desconfianza estratégica profunda.

La columna termina con un llamado directo a ambos gobiernos: si ya existe voluntad para negociar comercio, inteligencia artificial y seguridad nacional en la misma mesa, según Lee y Kwan no hay razón para dejar fuera de la conversación a los pacientes que, como el propio Sijbrandij, hoy dependen de la suerte geográfica para acceder a un tratamiento que podría salvarles la vida.

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