Dina Rozvadovskaya es una rusa, proveniente de Moscú que nunca imaginó que su destino iba a estar en Chile.
En conversación con BioBioChile, Dina Rozvadovskaya relata que en el área metropolitana de Moscú, habitan cerca de 21 millones de personas, lo que supera a la población total de Chile.
En esta urbe, considerada la más grande de Europa, Rozvadovskaya detalla que la “vida es muy rápida” y que Moscú es una ciudad interesante por su belleza arquitectónica y la amplia variedad de conciertos, museos y teatros.
Así pues, en 2010, Dina decidió que quería conocer el mundo, por lo que se dedicó a viajar. “Antes he ido a varios países como India, Camboya y Nepal”, indica a nuestro medio.
Después, de las largas travesías por estos lugares, Rozvadovskaya tuvo la motivación de conocer Latinoamérica. “Aunque siempre tuve la idea de quedarme en algún país”, explica a BBCL. “Entonces me fui mochileando por Cuba a Centroamérica, bajando por Guatemala, Nicaragua, Honduras, Ecuador, Colombia, Perú y Chile”, menciona la moscovita.
Con el interés de encontrar un nuevo hogar, Rozvadovskaya vio con buenos ojos asentarse en nuestro país, una decisión influenciada por una pareja chilena que tuvo en aquellos años. “Me casé, pero me separé al poco tiempo”, recuerda Dina. “Me separé bien rapidito, pero no me quise volver porque dije: ‘¿Por qué voy a volver si ya tengo mi vida acá?’”.
En cuanto a su decisión de quedarse, la rusa detalla que quedó maravillada con este rincón del mundo. “Encontraba que Chile era más ordenado comparado con el resto de los países latinoamericanos, igual me gustó que la gente sea amigable, pero no tan exageradamente abierta como los centroamericanos”, describe. “Me era más cercano la forma de ser del chileno que la del centroamericano”, menciona a nuestro sitio web.
“Los chilenos me trataron muy bien, yo fui bien recibida desde el principio, aunque también me gustó el clima, la fruta, el marisco y el asado”, confiesa la rusa.
Después de un tiempo, Dina pudo adaptarse a la idiosincrasia chilena, pero también tenía que descubrir cómo iba a ganarse la vida. En ese sentido, empezó a realizar averiguaciones para encontrar el rubro idóneo para reinventarse laboralmente, ya que en su país natal, se había especializado en configuración de bases de datos.
Sin ir más lejos, con la idea de hacer su propio negocio, Dina vio una oportunidad en abrir una botillería. Posteriormente, empezó a consultar cómo funcionan las patentes y ha investigar la mejor ubicación. Ahí en medio de la necesidad de buscar un trabajo estable, se decidió en abrir un primer local en Gran Avenida, en la comuna de San Miguel, al que bautizó como Botillería Moscú.
Una cosa llevó a la otra, pues al notar que el lugar estaba cerca del metro y viendo también que contaba con una densidad urbana mayor, Dina pudo calcular que podía tener una potencial clientela. “Me gustó que es una avenida principal, entonces tenía el metro y San Miguel estaba en desarrollo”, destaca.
Así pues, Rozvadovskaya describe que le empezó a ir bien, lo que le permitió pagar las cuentas del emergente negocio. “Cuando empezó a llegar gente a vivir por los edificios nuevos, pude crear una cadena de botillerías”. De este modo, Dina empezó a tener fama entre sus clientes, quienes la ubicaban como “la rusa del barrio”.
También gracias a sus conocimientos de programación, pudo tener su propio sistema de venta, inventario y de pedidos, que le permitió optimizar el negocio.
A todo esto, Dina detalla que la experiencia atendiendo su primer local fue “entretenido”, aunque muchas veces no entendía que le pedían, incluso tuvo que “googlear” en varias oportunidades.
Eso sí, había una que otra vez que debía que lidiar con un cliente alcoholizado, pero a fin de cuentas, aprendió a solucionarlo.
Sin embargo, una situación que le llamaba la atención, era la combinación de vino blanco o pipeño con helado de piña y granadina, lo que se conoce como el popular Terremoto.
“Eso sí es raro”, comenta risueña.
Por otra parte, Rozvadovskaya revela que cuando caminaba por la calle y le gritaban “rucia” por su color de cabello, se preguntaban como sabían su país de origen: “¿Cómo saben que vengo de Rusia, y no de Suecia, o Holanda”.
Finalmente, después de vivir durante 16 años en Chile, Dina enfatiza que aprendió a “tratar de lograr mis metas, con los medios que tengo”. A lo que agrega: “No se espera que una rusa tenga una botillería, pero a mí me da lo mismo, porque es un buen rubro, aunque uno se sacrifica con el horario. Yo igual aprendí a disfrutar la vida. Por ejemplo, este año viajé a Brasil en moto con mi pololo”. “Aquí también hice muchos amigos”, resalta Dina en un español fluido, como una chilena más.